El cerebro humano es el órgano más complejo que existe. Probablemente tenga capacidad de tantas cosas que sólo el hecho de imaginarlo asustaría al corazón más valiente.
Ni siquiera somos capaces de utilizarlo al 100% de su capacidad, y ya son increíblemente asombrosos los límites ilimitados a los que ha llegado el ser humano gracias a él.
Aún así, existen ciertas cosas en la vida de toda persona de las que aparentemente la mente no es capaz de escapar.
Existen elementos totalmente irracionales, dominados por un profundo agujero negro lleno de sentimentalismo, lo que conforma una inmensa trampa para cada persona, y eso nos transforma en las marionetas del corazón.
El cerebro es, inexplicablemente, sensible a todo esto, y como consecuencia, es propenso a entrar en un bucle.
Un bucle aparatoso y obstaculizado por el propio pensamiento, que se puede llegar a convertir en un enemigo de sí mismo; el mayor enemigo que alguna vez podrá encontrar. Y es que el fundamento de ese bucle es la propia vida dominada por el recuerdo.
Es inevitable que una mente requiera de otra para no desfallecer; para no perder su salud. Y cuando esa mente comprometida se va, entramos en el bucle. Ese bucle del recuerdo.
A veces consigues compenetrar con alguien, prometiendo llegar a ser una unidad insoluble hasta el final. Pero final no significa para siempre. Sólo significa final. Y cuando ese final llega, puede trastornar al gran rey de la inteligencia universal. La mente humana.
El sentimentalismo puede ser más poderoso que el propio universo.
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