Sonriendo, cerró los ojos en un pestañeo y, en tan breve periodo de tiempo, sintió con más énfasis sus labios en el cuello, las manos en el pelo, el tacto de su torso contra el suyo. Al abrirlos, se sumergió en el vaivén de la cintura de él danzando contra la suya, en los suspiros y jadeos, en los propios gemidos y sus uñas en la espalda, el cuello. En el alma. A cada embestida, la miraba a los ojos y después a los labios, verificando haber visto ese brillo de amor en los ojos, esa sonrisa de fresa que se apresuraba a devorar. Fuerte y tenaz, ella se anclaba como a una tabla de náufrago, como si fuera el último resquicio de salvación, ciñéndole las piernas alrededor, arqueando la espalda, devorando su boca y llenándola de nuevas palabras que rozaban lo indecente. Al fin y al cabo, ella era así, temperamental y vóraz, su corazón parecía calentarse por el monzón y, al mismo tiempo, ser todo lo contrario. Era cualquier cosa que ella quisiera ser, y eso era lo que más le gustaba a él, fuerte e indomable, olía a indómita libertad, era fuego y agua, ávido de besos y de amor, de ella junto a él. Dentro de aquel cuarto, y de aquel ligero pestañeo, supieron que todo había terminado: el mundo, la vida, la realidad, la condenación y la redención, absolutamente todo lo que conocían antes de aquel momento. Se amaban y eso cambiaba todo, inclusive el giro del tiempo. Morían y resucitaban después de cada beso, dándose, mutuamente, el sustento para vivir, para seguir creando algo diferente, atados y entrelazados, con la luz de los ojos miel. Y ambos lo sabían.
-A David no lo quieres porque sea lo que esperabas, ni porque supla ese vacío que te dejó en el pecho. No, a David lo quieres porque te quiere, porque llena tu vida de esa magia extraña que te colma la vida, que te alimenta los latidos. Como siempre quisiste que te la llenara él, y porque te folla bien.
-Es posible, pero también porque no me quiere como lo hizo él. Porque me quiere bien.
(Y rojitas las orejas)